Imaginar a Frankenstein con novia sería recordar la usual tragedia
que, ante la búsqueda de una manera de calmar la soledad de este personaje, se
le presenta una compañera que despierta horrorizada al ver su figura cadavérica
y lo rechaza. O, por el contrario, se esperaría un romance extraño en el que
nuestro personaje tendría acción ante una enamorada de laboratorio que lo
persigue, quiere servirle y lucha por conquistarlo. Sin embargo, en esta
película de ciencia ficción, vemos un Frankenstein también solitario y con la
imagen de siempre, pero deseoso de revivir el cuerpo de una mujer que
acaba de fallecer, para tenerla a su lado. No será fácil para él, puesto que la
novia que aparece será, desde el primer momento, una mujer indomable, con
fuerza y voluntad propias, y con un gran poder de decisión que no admitirá las
órdenes, ni las demandas de su acompañante.
Es en Chicago de los años 30, donde se presenta Frankenstein (Christian
Bale) pidiéndole ayuda a la Dra. Euphronius para crear a su compañera, tomando
el cuerpo de una mujer recién fallecida (Jessie Buckley) que será LA NOVIA y
quien lo hará vivir momentos de verdadera insensatez. Aparecerá Ida, una mujer que vivió
maltratada por mafiosos antes de morir, sin recuerdos de su vida pasada y
resistiéndose a su compañero Frank. De inmediato, deja de ser un objeto de
laboratorio y lejana a cualquier sumisión asume una actitud dominante, deseosa
de hacer justicia y mandar en su mundo escalofriante y hostil. “No quiere ser
la novia de nadie” como ella misma lo dice, pero acepta a su compañero en una
carrera loca de múltiples aventuras, en la que estos dos monstruos intentarán enamorarse, al tiempo que huyen de la policía después de cada acción violenta y
salvaje.

















